Cartel anunciador de esta premonitoria película, que data de 1927, dirigida Por Fritz Lang, basada en la novela homónima de su esposa Thea von Harbou. Se trata de una película muda, que causó gran revuelo en su época, y que posteriormente ha sido manipulada varias veces, incluso añadiendo color o música rock, donde intervino hasta el mismísimo Freddie Mercury, pero en ningún caso, podrán desplazar a la versión original, hoy, película imprescindible para cualquier cinéfilo que se precie.
En el campo donde las arenas morían, donde la zarza era el reino del lagarto y, el humo de las chimeneas plegaria parecía, se convocaron las lenguas para arruinar la coral que entonaban dos amantes.
Hoy, las arenas sueñan en anaqueles vacíos, los lagartos abdicaron de sus reinos y un susurro de hollín, caracola sin mar, tapa con ceniza la vergüenza de dos bocas que sólo querían amar.
Mañana, cuando el sol queme esperanzas en ojos, dos siluetas se alejarán en los espejos del desierto.
Película menospreciada en su estreno, y que el paso de los años (es de 1990), la van consolidando a puestos de honor cinematográficos, pues pasó sin tan siquiera reconocerse su mérito en la entrega de los Oscars correspondiente.
Hablar de esta película, supone hacerlo al mismo tiempo, de un triunvirato formado por su director Tim Burtom, su actor preferido Johnny Deep y el músico que se encarga de escribir las bandas sonoras de la mayoría de sus obras, Danny Elfman. Entre los tres, nos han dejado obras como Sleepy Hollow, Pesadilla antes de Navidad o la más reciente Charlie y la fábrica de chocolate.
Se trata de un cuento fantástico, (donde se prodigan los homenajes y referencias a otras obras ya clásicas), sobre una criatura (un hombre, en clara referencia a Frankenstein), al que su creador, última aparición en pantalla del genial Vincent Price (otro homenaje a las viejas cintas de terror «dulce» de antaño, del afamado Roger Corman, casi todas interpretadas por Vincent, y casi todas basadas en el «terrorífico» mundo de Edgar Allan Poe), deja inacabado, con unas enormes tijeras por manos (ya tenemos a la bestia en potencia).
No puede faltar en esta película, la alusión a las famosas casas fantasmales de una colina siempre no grata de visitar, con niebla permanente y algún ave nocturna que otra, para crear ambiente, amén de decorados interiores, con los elementos base como telarañas, polvo, luces altas y contrastadas y grandes escaleras, que conducen a una planta superior un tanto sospechosa.
Al personaje freaky de Edward, magistralmente interpretado por un Deep pletórico, lo secunda con solvencia Winona Ryder, en la que quizás sea su aparición más natural, emotiva y donde se muestra con el máximo esplendor de su belleza. La trama, no entraré en detalles, por si Ud. no la ha visto (aprovecho para recomendársela), llevará a nuestro protagonista desde la popularidad a la más cruda persecución, es decir, de considerarlo un dios, a ser tenido por una bestia.
Entre tanto el bueno (en toda la extensión de la palabra) de Eduardo, ve desfilar ante él, un cúmulo de señoras y jovencitas, por las que en algún momento se siente atraído (la bella y la bestia). Y es cierto que esta sociedad, no está de ninguna manera preparada para soportar, más allá de lo simplemente gracioso, útil, o beneficioso, a quién con su esfuerzo por bandera, demuestre tener alguna habilidad (por no nombrar al arte).
Hoy prima más una Betty (si es guapa mejor), un gran hermano (aunque este lejos), y los cientos de programas televisivos, que abundan en el morbo y el sinsentido. Por ello, ver esta película, implicarse al máximo con todos los Manostijeras del Mundo y con nuestro Eduardo en particular, en medio de una partitura realizada con sublime maestría, es cuando menos, un ejercicio gratificante para los sentidos y balsámico para el alma.
¿Cómo expresar ese ardiente dardo encendido por una pasión fortuita, que sucumbe ante lo oculto de la flor, ante el rojo transmutado en gris de la tarde, ante el llanto de un niño que huele a albahacas?
La flor oculta su cáliz a la mirada de los deseosos, y en un minúsculo y elocuente segundo, el día se hace noche, y el niño se hace hombre, entre albahacas, tardes grises y el encanto de una flor.
Ha pasado por mis manos, por aquellos azares ilustres de la vida, esos que sin darnos cuenta nos marcan de una u otra forma y, posibilitan nuestro acercamiento a la luz, el libro de poemas de mi paisano Eloy Sánchez Rosillo, «LA VIDA», con una ilustración en portada de otro gran murciano, artista universal, ya fallecido, Ramón Gaya. Y he quedado gratamente sorprendido, pues me encuentro con profundos versos, dentro de un contexto de sobriedad y madurez, con incitación clara a la reflexión y con un marcado carácter intimista. «LA VIDA», puede ser la de Eloy, pero también puede ser la de cualquiera que se sumerja en estos ambientes, donde se recrean esos espacios en los que todos hemos existido. Y me quedo con esa palabra, pues de existencia se trata.
Las fotos que aquí aparecen, corresponden al libro "LA VIDA", editado por TUSQUETS EDITORES. Los derechos de los diseños, fotos, textos y dibujos, corresponden a sus autores, y se muestran sólo con carácter meramente informativo.
Ser buena persona, es un
estilo, una actitud ante la vida. Pero esto no es fácil, y a veces no se
consigue en toda ella. Y no me refiero al consabido mensaje de «que buen zagal
eres», «eres maravillosa» y cosas parecidas.
Ser buena persona, es algo más, es
mucho más. El problema, es que no basta con querer ser buena persona, hay que
demostrarlo día a día con acciones que lo certifiquen. Hay quien lo intenta y
fracasa a las primeras de cambio, dejando de lado no sólo su quizá prometedora
bonhomía, sino que ello lo lleve a una vida anodina, sin satisfacción personal,
que lo consume en la peor de las piras: el anonimato.
Otros, pudiendo ejercer,
de personas de buena fe, optan por dejarse adular, cuando en realidad, nada
hacen, ni bueno ni malo, es decir no asumen ningún riesgo. Por contra, otros,
luchan a diario por encontrar ese camino de difícil traza, que es el darse a
los demás, con fe en sus posibilidades, intentando llegar al fin, al que
deberíamos aspirar todos los humanos: la maduración desde el punto de vista del
ánima, verdadero e insustituible motor que nos mantiene vivos, interpretándose
este factor, en su máxima extensión.
La adquisición paulatina de comprensión,
prudencia y sacrificio hacia los demás, no exentas de la ampliación de nuestra
cultura básica y más humana, nos hará despojarnos de los pesos pesados de
nuestras alforjas: la ira, la rabia, la descortesía, la mentira etc. (la lista
es bien larga). Pero ojo, los que han emprendido este camino, tienen que estar
dispuestos, a luchar con las armas antes apuntadas, contra la difamación, las
artimañas, la falsedad y la mentira, de los personajillos que en apariencia, y
sólo en apariencia, intentan rasar sus apócrifas vidas, a las más útiles para
la sociedad, aunque sea en el más mínimo de los intentos. Surgirán los errores,
y estos, deben de ayudarnos a conseguir la meta, por la que hemos apostado, por
la que luchamos, por la que vivimos.
Intentar ser buena persona, debe ser
nuestra seña de identidad, y aspirar a ser esa bella persona, a la que con el
alma por testigo y el corazón en la mano le decimos: ¡qué buena persona eres...!