Pintor de lo sutil, Poeta de lo singular...
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Ramón Gaya
(Foto de Juan Ballester, extraída de Wikimedia Commons. Licencia CC) |
En 1928, acompaña a Pedro Flores y Luis Garay a
París, donde participa en una exposición en la galería
Aux Quatre Camins, que resulta ser un éxito, pero su estilo clásico le hace decepcionarse ante la oferta de las vanguardias. Regresa a Murcia, donde en agosto de ese mismo año, fallece su madre, para poco después marchar a
Altea, donde residirá varios meses. A partir de 1932 y hasta el comienzo de la
Guerra Civil, colabora con el proyecto de
Misiones Pedagógicas. En junio de 1936 se casa en Madrid con Fe Sanz, con la que tiene su única hija, nacida en
Valencia en 1937. Durante la guerra, forma parte de la
Alianza de Intelectuales Antifascistas. Es miembro fundador de la revista
Hora de España, por donde pasaron grandes artistas como
Manuel Altolaguirre,
Maria Zambrano,
Rafael Alberti,
Antonio Machado...
Los finales de la guerra, coinciden con la muerte de su esposa en el bombardeo de
Figueras, al que sobrevive su hija y la muerte de su padre en
Barcelona.
En junio de 1939 y en compañía del grupo
Hora de España, embarca rumbo a
Méjico, donde permanecerá exiliado hasta 1952, año en el que vuelve a
Europa, viajando por París,
Venecia,
Florencia y
Roma, donde visita a María Zambrano, volviendo de nuevo a Méjico, hasta su regreso a
España en marzo de 1960.
Durante los años siguientes, viaja por diversas ciudades, Barcelona, Madrid, Murcia y Valencia, donde en 1966 conocerá a la que sería su segunda esposa: Isabel Verdejo. Sus constantes viajes por el territorio nacional, producen un resurgimiento de su figura, por medio de varias exposiciones, el reconocimiento de su tierra y la publicación de la segunda edición de su libro Velázquez, pájaro solitario (de la que se han alcanzado 4 ediciones), al mismo tiempo que su pintura adquiere los rasgos de luz y enfoque que la caracterizaron en sus últimos años.
Ramón Gaya fue un pintor de pincelada suave, ligera, emotiva, pero definida en el trazo, descubridora de imágenes llenas de un encanto sobrenatural, de una perspectiva imposible pero natural y, todo ello le ocupó su vida entera, encontrando momentos de inspiración para cultivar la poesía, extensión de la palabra de su pincel, síntesis de humanidad, de profunda visión del suceso artístico. Amó a Velázquez y él, fue en todo momento, fuente de inspiración, para disfrute de todos cuantos amamos el arte, de todos cuantos hablamos a diario con nuestra alma inmortal.
No es consuelo, silencio, no es olvido
lo que busco en tus manos como plumas;
lo que quiero de ti no son las brumas,
sino las certidumbres: lo perdido
con toda su verdad, lo que escondido
hoy descansa en tu seno, las espumas
de mi propio sufrir, y hasta las sumas
de las vidas y muertes que he vivido.
No es tampoco el recuerdo lo que espero
de tus manos delgadas, sino el clima
donde pueda moverme entre mis penas.
No esperar, mas tampoco el desespero.
Hacer, sí, de mí mismo aquella sima
en que pueda habitar como sin venas.
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Artículo aparecido a los pocos días de su muerte,
en el diario La Verdad de Murcia |
© francisco javier costa lópez